lunes, 5 de noviembre de 2007

amar o morir

Dicen que amores como el suyo eran los de antes. Supongo que sólo necesitaron un entorno adverso y un tirano para deificar a dos amantes en el panteón criollo. Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez eligieron la piel del escándalo y del exilio para protegerse de la condena de una sociedad inquisidora. Tenían que morir en manos de la Federación para hacerse inmortales.
Camila. Camila O’Gorman. Puedo susurrar su nombre como un cuento de hadas, un conjuro o una travesura. Era la Buenos Aires de los pregones y la mazorca. La iglesia del Socorro, en Suipacha y Juncal, se alzaba elegante entre las quintas arboladas del barrio. Un joven moreno, de cabellos ensortijados y mirada viva oficiaba misa todos los días. Su nombre era Ladislao Gutiérrez. Tan difícil de pronunciar que Camila jamás lo olvidaría.
Ella vivía a sólo unas siete cuadras con sus padres y seis hermanos. Todavía podemos verla con su frescura veinteañera dirigirse brincando a la Iglesia para embelesar a todos con sus cantos. Su exquisita palidez y acomodada estirpe amontonaba curiosos y pretendientes. Había heredado la belleza frágil de su abuela Anita Perichón, amante del virrey Liniers. Sin quererlo, las visitas a la Iglesia se habían convertido en su mandato personal: devoción a un dios y devoción a un hombre.
Ladislao articulaba sermones fogosos desde el púlpito. Camila atendía con el corazón encendido y alimentaba inocentemente un cariño que la incendiaría. Su presencia iluminaba el húmedo templo para el joven párroco. ¡Camila! Sólo a ella podía clavarle la mirada y lanzarle sus palabras como saetas.
Una tarde calurosa, Ladislao conversaba enérgicamente con Eduardo, un compañero de seminario, cuando la graciosa muchacha de mirada café se acercó corriendo por el pasillo hasta donde ellos estaban. Era la hermana de su querido amigo. Camila. Ese fue el comienzo de largos paseos bajo los jacarandás de Palermo. A medida que él le aclaraba sus dudas espirituales, ella le acrecentaba las suyas.
Una fuga. Había que dejarlo todo por amor. La familia, los hábitos, todo. Dios sería su juez y su testigo. Camila pensó en lo que perdería. Tardes de té bajo el sauce. Noches de poesía con su padre. Fiestas de la sociedad con sus hermanas. Filas y filas de pretendientes. ¿Hasta dónde llegaría el perdón y hasta dónde la cólera? Ya nada importaba. Irían con poca ropa y un par de caballos hacia Luján hasta llegar a Corrientes y quizás hasta Río de Janeiro.
El 12 de diciembre de 1847 dejaron la protocolar Buenos Aires y llegaron al pueblo vecino de Luján, como lo habían previsto. Allí las estrellas cubrieron su lecho de ramas. A lo lejos, la ciudad espumaba odio y consternación. Le tomó diez días al padre de Camila denunciar la fuga ante el gobernador como “el acto más atroz nunca oído en el país”. El obispo porteño pedía a las autoridades que “en cualquier punto que los encuentren a estos miserables, desgraciados infelices, sean aprehendidos y traídos, para que, procediendo en justicia, sean reprendidos por tan enorme y escandaloso procedimiento”. El huracán ya se había desatado.
Juan Manuel de Rosas era un tirano impredecible. Asesinaba sin justificación y perdonaba por capricho. Quizás se hubiese apiadado de los enamorados, pero como todo déspota no podía tolerar la desobediencia en el seno de su alta sociedad. Los meses pasaban para los amantes, quienes se camuflaban bajo pasaportes falsos: Máximo y Valentina, maestros de una escuelita de Goya.
La sombra de la Federación los tomó por sorpresa cuatro meses después y los trasladó en dos carros separados hasta la prisión del lugar. Camila yacía acurrucada en la húmeda celda, mendigando oír la voz de su amante. Una palabra, un lamento, algo. Su amiga Manuelita la podría ayudar, después de todo era la hija del Restaurador. Le escribió una carta de letra tímida y prosa desesperada. Manuela la alentó a que no se dejara quebrar porque ya acudiría en su ayuda. Mientras tanto, ella acondicionaba las celdas en Buenos Aires para los amantes. Pero su padre tenía otros planes.
Rosas era inmutable a los pedidos de clemencia femeninos, pero no soportaría los de su hija. Tenía que ser sutil y actuar con rapidez. Los amantes declararon ante el tribunal de San Nicolás estar “satisfechos a los ojos de la Providencia” y “tener la conciencia tranquila” por su conducta. Camila recordó con la mirada vidriosa cómo su romance había comenzado tiempo antes de la fuga y cómo ellos se habían desposado ante Dios y no ante los hombres.
Amaneció el último día para Camila. Era 17 de agosto, y los golpes violentos en el portón de entrada anunciaban la llegada del Restaurador. Muerte. Ejecución inmediata de los reos. Fusilamiento. ¡Camila! ¡Camila embarazada! ¡Piedad! ¡Misericordia! Otra carta urgente a Manuelita Rosas, pero ésta jamás llegaría. Para el tirano que su hija abogara por el amor sobre orden era una deshonra.
Federación o muerte. No. Amor o muerte. Y así fue. Sentaron a los amantes en dos sillas y los cargaron con los ojos vendados hasta un patio rodeado de muros. Los soldados los ataban con manos temblorosas. La voz, la voz de Ladislao. Se despidieron. “Asesínenme a mí sin juicio, pero no a ella, y en ese estado ¡miserables...!” gritó desgarrándose el sacerdote. El capitán Gordillo mandó redoblar los tambores para acallarlo. Esas fueron sus últimas palabras.
Sonaba música marcial cuando Rosas dio la orden. Camila lloraba con un rostro de piedra mientras recordaba aquella tarde calurosa en Nuestra Señora del Socorro. El pasillo. Los ojos incendiarios. Las conversaciones bajo los árboles. Cuatro balas alcanzaron primero a Ladislao. El instante que los separó se multiplicó en siglos de tortura. Luego el abrazo del plomo. Sacudimiento. Serenidad. Encuentro.
La rabiosa Buenos Aires que los había cazado ahora los convertía en mártires. Necesitaba una historia de pasión y muerte para saciar su apetito bestial. Había matado a la niña y al sacerdote. Pero sin saberlo, los había convertido en literatura.

1 comentario:

Camila Trigo dijo...

Me encantó!!! Pensar que me llamo Camila por ella y nunca conocí bien la historia, nunca de esta manera tan "literaria". Gracias!